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¿Porqué te fuiste ... del Judaísmo?

¿Hay una delgada línea de exclusión?

Epígrafe : Si el mundo judío no respondiera condenando, entonces estaría perdonando.

Los lectores del New York Times se habrán sorprendido la semana pasada al enterarse de que los judíos ortodoxos modernos son algunos de los fanáticos religiosos más extremos. Al menos esa fue la impresión que dio el profesor universitario Noah Feldman por medio de su artículo publicado en la revista “Orthodox Paradox” [paradoja ortodoxa], al relatar con detalles tan dolorosos su alejamiento de la comunidad judía.

Según nos cuenta, Feldman egresó de la escuela Maimonides de Brookline, Massachusetts. Al haber estudiado en aquello que él describe como “una yeshiva lituana y escuela secundaria simultáneamente, de New England”, la misma institución que el Rab Joseph Soloveitchik fundó de acuerdo con su ideal de combinar los estudios religiosos con los seculares, Feldman fue un judío 100% practicante durante muchos años incluso después su egreso de la escuela. Al haber sido bendecido con importantes logros académicos, fue aceptado como un gran modelo a seguir tanto por los alumnos de la institución que lo educó, como por muchas instituciones de las cuales formó parte.

Sin embargo, todo cambió cuando Feldman tomó una decisión que lo marcaría de por vida: casarse con una mujer no judía. Gracias a su formación, Feldman estaba al tanto de que, de acuerdo con la ley judía, sus hijos no serían judíos, a menos que su esposa se convirtiera al judaísmo. A pesar de que estaba perfectamente al tanto de las consecuencias, decidió no perpetuar el judaísmo. Asimismo, afirma estar sorprendido y consternado debido a que nunca más fue totalmente aceptado por parte de las instituciones que lo educaron.

Feldman compartió con los lectores del New York Times el “injurioso” hecho de que el diario de ex alumnos se negó a felicitarlo con motivo de su casamiento o del nacimiento de sus hijos. De hecho, cortaron su imagen y la de su novia de una foto grupal de ex alumnos, lo cual Feldman considera como un incomprensible desprecio hacia su persona. En su informe acerca del horror del separatismo ortodoxo, destaca los ejemplos de Yigal Amir, quién acabó con la vida del primer ministro israelí Itzjak Rabin, y Baruch Goldstein, quien se hizo conocido gracias a la masacre de purim.

A simple vista, es difícil, para todo aquel que tenga compasión, solidarizarse con el dolor de Feldman.

Aquellos que tenemos la convicción de que hay que acercar a los judíos a su herencia demostrándoles aún más amor, debemos dudar acerca de la sabiduría de aquellos educadores que, ante una transgresión, sea cual fuere su naturaleza, huían en lugar de amparar.

De todos modos, es, justamente, una tragedia como esta aquella que nos obliga a enfrentar un interrogante: ¿hay una delgada línea de exclusión? ¿La tolerancia tiene límites? Aún si como judíos creemos fervientemente que cada uno de nosotros, sin importar cuán alejado esté, tiene un potencial para comprometerse proactivamente con el judaísmo, ¿no debemos, en algún momento, tener en claro que aborrecemos el pecado aunque aún amamos al pecador?

En una sociedad como la nuestra, la cual le rinde pleitesía al “Hace la tuya” y acepta voluntariamente toda clase de comportamiento como maneras personales de expresarse que están admitidas, la herida de Feldman hace eco en mucha gente. ¿ Por qué hay que ser tan vengativos ? es la reacción inmediata hacia su matrimonio fuera de la fe judía. Déjeme disentir: ¿Merece seguir recibiendo contención comunitaria alguien que ostenta un comportamiento que atenta contra nuestras más preciadas creencias a sabiendas de las consecuencias y no por mera ignorancia?

Si el mundo judío no respondiera condenando, entonces estaría perdonando. Si bregamos por mantener la supervivencia del pueblo judío, en este caso, la misma es imposible. ¿Hasta donde se puede ignorar que la conducta de Feldman necesariamente trae consecuencias? Léalo de sus propias palabras: “A pesar de que conozco bien la mentalidad estructurada que necesita establecer cuidadosamente quien está adentro y quien está afuera, me sorprendo cada vez que me enfrento a la incapacidad que tiene mi escuela de aceptarme como un egresado más. No reniego de mi crianza, aún cuando algunos creen que sí lo hice habiéndome casado con una persona no judía. Si esto es renegar, entonces, al menos, esta es una forma de renegar que la ortodoxia moderna debería poder comprender: el deseo de vivir simultáneamente en varios mundos y burlar la contradicción por medio de la coexistencia”.

Sus palabras me hacen acordar a la escueta respuesta que dio Solomon Schechter frente a un argumento en favor de la moderación religiosa: “Me recuerda a aquel estadounidense miembro del jurado que dijo ´Estoy dispuesto a renunciar a la Constitución de forma total o parcial con tal de preservar la propiedad´”.

El hecho de que Feldman se rehúse a trazar la línea divisoria no es un intento por luchar contra las contradicciones religiosas, es elegir ponerle punto final a la identidad judía de sus hijos. ¿No es esto renegar de su crianza? ¿Es realmente extraña la razón por la cual ni sus compañeros de clase ni rabinos lo felicitaron a Feldman por su casamiento?

Por más fascinante que parezca, Feldman admite que ni uno de sus ex rabinos se negaría a estrecharle la mano aún en la actualidad. En lo personal, él no es un paria. Para aquellos que se preguntan por qué ya no le llueven reconocimientos por parte de la escuela a la cual concurrió, la respuesta debería ser obvia. Como individuo que es, todavía debemos seguir brindándole amor y expresar la esperanza de que algún día vuelva a sus orígenes. Sin embargo, en tanto comunidad debe haber algún tipo de expresión de antipatía por una conducta que, de repetirse una y otra vez, marcaría el final del pueblo judío.

El artículo del New York Times despertó debate y discusiones acaloradas. Para los judíos ortodoxos modernos, acostumbrados recibir críticas por su liberalismo excesivo y por su difusión de ideas hacia aquellos que no están preparados para asumir un compromiso con la Torá, debe ser raro, de repente, verse acusados de intolerancia y de fanatismo por su fe. Tal vez, eso pueda ser muy útil para recordar que incluso los liberales deben tener límites.

A lo mejor, al demostrar cuanto nos importa nuestra supervivencia, le estaremos manifestando tanto a Noah Feldman como a muchos otros judíos, la necesidad de reflexionar sobre el hecho de que el judaísmo tiene un poderoso mensaje digno de ser preservado.

Por el Rabino Benjamín Blech