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LA CARTA DEL ULTIMO JUDIO:

A mi hermano judío, si es que todavía queda alguno:
¡Feliz año nuevo 2100! ¿Quien escribe?
Mi nombre no es importante, mi  identidad si lo es.

Soy el último judío. Estoy en exhibición en el museo de  Historia y Antropología de la ciudad de Buenos Aires. Simplemente, El último  judío. La gente pasa al lado de mi transparente jaula de cristal, me mira, goza y sigue su recorrido. En las paredes de mi patético hogar me adornan las reliquias de la cultura judía: un Sefer Torá, una bandeja de Pesaj, un  Shofar, etc. Cada día me pregunto como fue que tantos millones de judíos que  sobrevivieron por más de 3400 años superando gran cantidad de adversidades,  finalmente pudieron desaparecer. Suspiro.

Recuerdo cuando era chico que mi anciano abuelo me contaba sobre las colonias  judías llenas de inmigrantes a principio del siglo XX. Casi medio millón de judíos había solamente en Argentina. Él me relataba sobre las entidades y organizaciones como AMIA, DAIA, MACABI, etc. Todo esto se ha desvanecido, desapareció, tanto aquí como en el resto de la diáspora. Intento analizar las razones, estudiar los eventos para encontrar los motivos de semejante destrucción. Tal vez fueron los cambios culturales, problemas de comunicación entre padres e hijos, la globalización... La verdad es que antes de esto, comunidades enteras se habían alejado de las sinagogas ya que no entendían ni sabían leer hebreo. Muy de vez en cuando se celebraba algún Bar Mitzvá con cuadernillos en fonética para los escasos espectadores. Las fiestas se olvidaron al igual que nuestro calendario. Los padres dejaron de enviar a los hijos a escuelas donde había una educación judía tradicional. Mientras que las madres dieron de baja a las santas velas de Shabat y canjearon la cena familiar por ir a despejarse al shopping o al cine. Del recato, virginidad y la sumersión en las aguas puras de la mikve mejor no toquemos el tema. En cuanto a los hijos, preferían ir a la cancha y después a la disco. Mi abuelo decía que, sin embargo, eran buenos judíos, judíos de corazón. Los rituales comenzaron a desconocerse, a olvidarse y a perder sentido. Incluso hubo quienes se burlaban de los tefilín, la kipá, o el talit. Solo el Maguén David seguía pendiendo al cuello. Nadie estudiaba la Torá, y en consecuencia quedaron ignorantes de lo realmente nuestro. Las donaciones también concluyeron. Se decretó públicamente que judío sin carrera universitaria era como cuerpo sin alma. Deportistas, músicos y actores extranjeros eran admirados, los grandes rabinos de barba y sombrero, despreciados. Casas judías con arbolitos decorados en navidad y asado en la quinta en Iom Kipur.
Reformistas, conservadores y demás falsos iluminados confundieron mas a los que quedaban. Comida casher los padres no compraron, los jóvenes novias gentiles encontraron…

En cierta ocasión, la maestra de inglés me preguntó si era judío. No respondí. Inquirió de nuevo. Le dije que no importaba. ¡¿Sos o no sos?!
Gritó. Bajé la vista y susurré humillado: y bueno que se le va a hacer... Por un lado en nada me diferenciaba de los demás, por el otro, por más que lo intentara,  nunca podría ser igual.

Los judíos, en general, estaban demasiados ocupados haciendo dinero o intentando crecer en su profesión como para concurrir al templo e  instituciones de la comunidad hasta que se cerraron todas. Ya no había mezuzá señalando las puertas judías ni jalot trenzadas distinguiendo sus mesas. Los adultos prestaban grandes sumas con intereses y los chicos tatuaban de por vida sus brazos con raros garabatos. Sus muertos  ya no descansaban en el cementerio judío, optaban en cambio, los más aristocráticos,  por el cementerio Parque Jardín. El Brit Milá a los niños lo realizaban los médicos, al igual que los abortos a las adolescentes. Cuantas cosas desalentadoras.
Mas de las que pensaba. Prefiero no seguir.


Entonces llegó el último sollozo. De esto hará unos 50 años. D-os se cansó de nuestra rebeldía y libertinaje. Estados Unidos cortó relación con Israel. Los países árabes se unieron y atacaron. Con dos bombas letales diez millones de israelíes fueron borrados de la faz de la tierra. Cuando esta desagradable noticia se dio a conocer, los pocos judíos argentinos que quedaban exclamaron: ¡Que Mal cheee! Te dije que era peligroso viajar o hacer Alia…
Sin embargo, más de 170 años antes fueron asesinados en Europa seis millones de judíos. Y hace unos 130 acá en la Capital Federal se produjeron dos crueles atentados; el de la Embajada y el de la Amia. Mi abuelo me contó que  aquellos judíos juraron que nunca olvidarían. ¿Que pasó? ¿Acaso el único que recuerda soy yo? En el preciso instante en que el judío vendió su orgullo,  borró de la memoria su historia,  y descuidó su razón de existir, perdió  todo. Yo soy el último judío, creo. En poco tiempo yo también me uniré a los  demás en el cielo, y entonces, ni siquiera en el museo quedará uno. ¿Que pasó con mi familia? ¿Si tengo hijos? Sí, dos: María Pía y Cristian. Sus nombres lo dicen todo...

Termino estas amargas líneas con lágrimas en los ojos y un nudo en la garganta por que recién ahora entiendo. Siento impotencia de no haber recapacitado antes, hoy ya es demasiado tarde. Si pudiera volver decenas de años atrás gritaría: ¡El Judío es Diferente! No despreciemos el regalo que D-os nos dio. Lo que ningún imperio y nación con su odio pudieron hacernos, nosotros con nuestra indiferencia lo hicimos. Asimilación. Apatía. Control de natalidad. Auto-exterminio. Y con respecto a vos D-os, aunque no me creas, te pido perdón en mi nombre, en el de mi familia y en nombre de todo el pueblo de Israel, tu pueblo, por haberte abandonado...


El Último Judío


Estimado lector: Si todavía sientes algo por tu judaísmo y quieres que esta carta nunca se escriba, explora y vuelve a tus raíces. Descubre que es lo que la Torá tiene para ofrecerte inclusive en nuestros días. Estudia la sabiduría de D-os y encontrarás la felicidad y alegría verdadera que estás buscando.
Vive una vida más espiritual y cumple las mitzvot y de a poco iras tapando los vacíos de tu alma judía. Puedes difundir esta carta a tus amigos y conocidos judíos, tal vez ellos también reflexionen. Y por sobre todas las cosas, asume la responsabilidad activamente sobre tu esencia para que no seas tu el que corte esta cadena que ha perdurado por más de 150 generaciones.
Ieudí, tus hermanos de ayer, hoy y mañana te necesitamos…

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AB ISRAEL GOLOCOVSKY
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