Prefiero la muerte, antes que morirme
Me parece que esta historia, más que mis argumentos, te va a perforar los recovecos más profundos de tu alma y te darán la fuerza necesaria para salir de esta crítica etapa de tu vida. |
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Nací en Hungría. Sobreviví al holocausto y la siguiente historia ocurrió en esa época, cuando el mundo estaba envuelto en la oscuridad y un hombre perdió su sano juicio.
Cuando los alemanes ocuparon nuestra ciudad, una de las primeras cosas que hicieron fue capturar a los líderes comunitarios más destacados para interrogarlos en la sede central de la Gestapo. Entre ellos estaba mi querido padre, quien era el rabino de la comunidad. Los nazis los torturaron y les cortaron sus hermosas barbas largas. Mi padre nos fue devuelto, a la familia y comunidad, deshecho y mutilado. Poco tiempo después, nos metieron en ghettos y nos prepararon para transportarnos a
los campos de concentración.
Una noche, un miembro de nuestra congregación llamó a nuestra puerta.
Había corrido el riesgo más alto de su vida. En aquellos días, el hecho de que los judíos fueran encontrados en las calles luego de un toque de queda significaba la muerte. Obviamente, este hombre estaba sobreexcitado.
Tenía una mirada casi demente. “Por favor, rabino”, gritó con una voz temblorosa, “¡debe ayudarme... mi hijo, mi pequeño hijo... quiero que viva!”
Mi padre miró a este hombre y yo detecté una tristeza terrible en sus ojos. “Si fuese mi opción, todo hombre, toda mujer y todo niño viviría.
Hashem Ierajem. Que D´s se apiade de todos nosotros”. Concluyó suspirando.
“No, no, no es simplemente un pensamiento melancólico”, el hombre afirmó apurado. “Tengo un plan. Contacté al cura local. Prometió llevarse a mi hijo si yo le daba permiso para que lo bautizara, para que fuera educado en el cristianismo”.
Cuando el hombre lanzó estas palabras perdió el control completamente y empezó a temblar, su cuerpo se veía abrumado por sus sollozos. “No puedo tomar una decisión”, exclamó, “Veo a mi niño y no puedo soportar la idea de entregárselo a un cura. ¿Qué otra alternativa hay, rabino?”, sollozó, “¿qué hago?” “¿qué hago?”.
Yo era Chiquita en esa época, pero la escena me quedó patente, nunca me lo voy a olvidar. Me persigue, me sigue a todos lados y no me deja en paz. Me acuerdo como mi padre se levantó de la silla, la manera en la cual, lenta y dolorosamente, se acercó al hombre y como lo abrazó.
Recuerdo las lágrimas cayendo de los ojos de mi padre y recuerdo que, mientras lloraba, las heridas se le abrían nuevamente y, por un momento, me parecía que mi padre lloraba sangre. Mi padre abrazó por un momento a este judío atormentado, simplemente se quedaron ahí parados y ambos se confundieron en un abrazo atormentador, llorando.
Asimismo, mi padre comenzó a hablar, su voz estaba agobiada por el milenario sufrimiento del Pueblo Elegido. Cada palabra dio que hablar, cada una hacia eco de un martirio sagrado. “Usted quiere que su hijo viva”, mi padre dijo suavemente. “Créame que yo también, pero dígame, mi querido hermano, ¿QUÉ ES LA VIDA? ¿cómo la mide?”. El hombre se quedó ahí parado, perplejo, mirando alrededor sin comprender. “Piense por un instante”, continuó mi padre amablemente. “Antes de que responda, piense
por un instante... si su hijo sobrevive y no es judío, ¿vivirá? ¿Es esa la vida que usted quiere para él?”
En ese momento hubo un silencio de ultratumba, que duró unos pocos instantes, pero que a mi me pareció eterno. Fue entonces que mi padre alzó sus brazos hacia el cielo y suavemente repitió la pregunta. Sus palabras se escuchaban a duras penas, pero parecía como si perforaban las paredes:
“SI SU HIJO NO ES JUDÍO ¿VIVIRÁ? ¿USTED ESTARÍA SATISFECHO?”
El hombre palideció. Sus ojos expresaban el doloroso sufrimiento del sagrado rebaño de D´s. “Si, si”, jadeó... “entiendo, siempre lo entendí.
Somos un pueblo que debe estar listo para morir, si, aún para morir, de esa manera podremos vivir. Si, continuó. No necesita decir más nada, rabino.
Perdóneme por haberle causado problemas”.
Mi padre lo acompañó hacia la puerta y en segundos se perdió en la oscuridad de la noche.
Algunos días después, nos volvimos a encontrar. Estábamos todos parados en la estación de tren esperando ser metidos en vagones para ser transportados a los campos de concentración. El hombre estaba parado junto a su hijo. Cuando nos vio, nos saludó junto a su hijo y mi padre respondió al saludo y susurró la bendición de D´s, aquella que acompaño a nuestro pueblo desde tiempos inmemoriales.
No se si él o su hijo sobrevivieron o si desaparecieron en las llamas de los crematorios, pero hay algo que sí se: que nosotros, los judíos, hemos sobrevivido por milenios gracias a gente como él, simples almas capaces de ascender a las cumbres de la grandeza... simples almas imbuidas de su magnífica tradición y que se mostraron capaces de enfrentar el último sacrifico: el martirio. Es por ellos que nuestro pueblo sigue existiendo.
Si, fueron estas simples almas, descendientes de Abraham, quienes, en cada generación, pasaron la prueba de la Akedah de buena gana y permanecieron listos para santificar el nombre de D´s con sus propias vidas. Fueron “más veloces que las águila y más fuertes que los leones”.
Su coraje no tuvo límites. Intrépidos y sin miedo, caminaron sobre fuego para que su pueblo pudiera vivir. Es sólo por su causa que nosotros, como nación, no nos sumergimos en la ciénaga de la asimilación ni fuimos devorados por las naciones entre las cuales vivimos. Es sólo por el hecho de que ellos estaban preparados para caminar sobre el fuego con el “Shema” a flor de labios que, en cada generación, estaban aquellos capaces de reunir las chispas de las cenizas y encender la Luz Divina y traer la palabra de D´s a toda la humanidad.
Si, vivo con esta historia. Me persigue...el hombre y su hijo estarán para siempre delante de mí. Cada vez que me encuentro con un joven o una joven como vos que indiferentemente declara “el judaísmo no significa nada para mi...hay amor y eso es lo único que importa” quiero gritar “¿QUIÉN TE CREES QUE SOS? ¿con qué derecho traicionas a tu pueblo? ¿con qué derecho abandonas a tu D´s? ¿con qué derecho pisoteas las tumbas del hombre y su hijo? ¿no entendes que sos un nexo con un pasado glorioso, que sos parte de una historia profética? ¿Sobreviviste cuatro mil años de tortura y opresión sólo para desaparecer en medio de la libertad? ¿ES TU DESTINO SER LA ÚLTIMA SEÑAL DE JUDAÍSMO DE TU FAMILIA DESPUÉS DE CUATRO MIL AÑOS?”
Si, ¡quiero gritar todo esto y mucho más! Sé que tal vez intentes buscarle una explicación racional a mi historia y desmeritarla. Sin embargo, a pesar de que te muestres indiferente, en lo más profundo de tu ser sabes que no es tan simple. El hombre no es un robot o una máquina a la cual los científicos investigan en tanto estructura material. El hombre tiene un corazón y alma, que trascienden su físico.
Entonces, si decís que soy emocional, yo creo lo mismo. Somos un pueblo con emociones profundamente arraigadas, un pueblo cuyo corazón palpita con amor a Israel y a la Torá, un pueblo cuya alma se consume con el fuego eterno de D´s.
Rebbetzin Esther Jungreis
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