Al ver tu frustración, el vendedor te ofrece otro par que puede ser
mucho más cómodo. Los sentís bien, pero el primero te atraía más,
entonces pedís volvértelos a probar. El vendedor te los trae de nuevo,
te los probas y, aunque te aprietan un poquito, tenes que reconocer que
son “lo más” y que los amas definitivamente.
Por fin, le preguntas al vendedor “¿Te parece que cederán con el tiempo? “Y si”, te contesta amablemente. “Todavía puedo hacer algo”. Entonces,
se lleva los zapatos al fondo del local y los estira. Te los probas una
vez más y, a pesar de que todavía se sienten algo incómodos, en tu afán
por tenerlos, te imaginas que se sienten mejor. “Seguro que con el
tiempo cederán aún más”, te decís a vos misma apaciguadamente.
Te compras los zapatos y te los llevas a tu casa felizmente, pero
después viene el bajón: nunca los sentiste bien. Entonces, tenes tres
opciones: 1) Los usas con el agravante de que te salgan cayos 2) Les
concedes un lugar en el placard 3) Los vendes en una feria americana.
Sin embargo, sea cual fuere la forma en la cual intentes adaptarlos a tu
pie, nunca te sentirás cómoda con sos zapatos porque, después de todo,
no fueron hechos para vos.
El matrimonio es igual. Si no provienen de hogares similares y no
comparten una misma tradición, por mucho que lo intentes, tu pareja
nunca se “adaptará” a vos. Podrás amarlo tal como amas a tus zapatos,
pero no son de tu talle. Del mismo modo, él no fue hecho para vos. Ambos
provienen de mundos distintos, de orígenes diferentes. Entonces, si se
casan pueden suceder tres cosas: te pueden salir cayos (o sea, vivir en
medio de la rivalidad), podes dejar los zapatos en el placard (es decir,
conformarte con un matrimonio basado en la fría indiferencia) o podes
vender los zapatos en una feria americana (en otras palabras,
divorciarte). Sea cual fuera el caso, cualquiera de estas opciones es
indeseable. |