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¿La Conversión Como Solución?

Ningún acto rabínico posee consecuencias más trascendentales que una conversión al judaísmo.
Determina para siempre, en forma parcial, la condición personal del converso, sus derechos y restricciones matrimoniales así como su lealtad religiosa y en el caso de una mujer afecta a su descendencia por todas las futuras generaciones.

Si un compromiso de lealtad incondicional hacia el judaísmo se traiciona, más tarde, el resultado es desastroso; no lo es menos para el rabino en cuestión si fue culpable de un error de juicio al autorizar la conversión sobre una evidencia insuficiente de sinceridad. En ese caso, tiene que sentir cierta responsabilidad y carga personal por cada violación de la ley judía que el converso cometa.

Puesto que sólo por su acto de otorgar la condición judía al que fuera gentil, acciones como trabajar en Shabat o consumir alimentos taref se convierten en graves violaciones de la ley. No es de extrañar, entonces, que muchos rabinos de conciencia, bajo el peso de esta responsabilidad abrumadora, contemplen las conversiones con ex­ trema, a veces excesiva, vacilación. Las condiciones para la admisión al judaísmo son bastante sencillas de definir.

Una corte rabínica debidamente calificada debe estar convencida de que el candidato está verdaderamente dispuesto y es capaz de aceptar la disciplina religiosa de la vida judía sin reserva, después de lo cual el acto formal de conversión se lleva a cabo con una inmersión ritual y, en el caso de un hombre, con la circuncisión (que, si ya fue realizada, se valida religiosamente extrayendo una gota de sangre como "un signo de Pacto"). La conversión bajo estas condiciones está abierta a cualquier persona sin importar raza, color o su religión anterior. Una persona que se convierte de esta forma tiene, por lo tanto, todos los derechos y obligaciones conferidos a cualquier otro judío.

En rigor, la conversión real de cualquier fe (o de ninguna) al judaísmo es llevada a cabo, lógicamente, por el prosélito mismo. La autoridad rabínica. en efecto, sirve meramente para autenticar el cambio, como un sello que confirma la autenticidad de un metal precioso. Para efectuar un compromiso religioso total que dure durante toda la vida y a través de los hijos, se requiere más que una declaración de propósito.

Se producen cambios radicales dentro del corazón de la persona que determinan todas sus lealtades futuras, sus pensamientos, sentimientos y acciones, el molde de su personalidad misma; en muchos aspectos hasta más obligatorio y penetrante que el compromiso que se toma en un vínculo matrimonial o en la adopción de un hijo.

Una conversión desde el punto de vista judío es la operación del corazón mas delicada a la que una persona puede someterse jamás y la responsabilidad recae en el candidato para probar que está preparado adecuadamente para atravesar una operación semejante. Algunos pueden completar la preparación exigida de estudio intensivo y experiencia en el medio, en cuestión de meses; otros, a falta de determinación o de oportunidad, pueden no llegar a estar listos incluso después de años de esfuerzo infructuoso. El tiempo que demande este proceso lo determina el candidato, no el rabino.

La prueba final no es, por cierto, el amor del candidato hacia una persona con la que él o ella intenta casarse. Al contrario, un motivo oculto semejante militará contra la aceptación de la solicitud. El criterio es el amor hacia el judaísmo generado por una familiaridad y una fascinación tan profundas hacia la forma de vida judía como para hacer que todos los sacrificios, obstáculos y dilataciones valgan la pena. Sólo si este amor hacia el judaísmo, en la teoría y en la práctica, supera cualquier otro amor y lealtad, se reunen verdaderamente las condiciones para la admisión.

¿Pero por qué estas condiciones son tan rígidas y exigentes? Casi- todos los candidatos (y muchos judíos) cuestionan su justicia con el argumento aparentemente admisible: ¿por qué se debe esperar muchísimo más de un converso de lo que la mayoría de los judíos están dispuestos a hacer por su propio judaísmo? ¿Por qué los conversos deben ser más puntillosos en la observancia religiosa de lo que son la mayoría de los judíos?

Para empezar, no tenemos ningún interés en aumentar nuestro número por medio de las conversiones. Como "pueblo sagrado" al que se le confió tareas onerosas de iniciador espiritual, los números son relativamente insignificantes para el éxito de nuestra misión nacional. Es verdad, los " prosélitos de la honradez" son bienvenidos pero los conversos de lealtad dudosa, más que consolidar nuestra fuerza las atenúan. No es difícil presentar pruebas históricas para esta aseveración.

Se estima que durante la Edad Media, el número total de judíos difícilmente excedía el millón. Ya estaban expuestos a la opresión constante, a la desventaja económica y a las frecuentes masacres. Sin embargo, ningún judío se preocupó, entonces, por la supervivencia judía. Le tocó al siglo veinte, cuando somos trece millones de judios- la mayoría de ellos viviendo en una libertad y opulencia sin precedentes -dar lugar al fantasma del "judío que desaparece" por primera vez en la historia judía. ¡Nuestra supervivencia, ciertamente no depende de los números, sino de la intensidad de nuestro compromiso judío. Por otra parte, una conversión es una naturalización religiosa.

Hasta para una naturalización civil- si bien afecta en forma infinitamente menos significativa las creencias más íntimas, toda la personalidad y . la rutina diaria de vida del candidato -se aceptan universalmente ciertos requisitos rígidos. Para otorgar la ciudadanía los países exigen, por lo general, un período de al menos dos años, fluidez en la lengua vernácula y desde luego la buena disposición para someterse a todas las leyes del país.

Nadie cuestiona estas exigencias. A cualquier extranjero que declara su voluntad de cumplir todas las leyes del país menos una, se le negará su ciudadanía y no lo ayudará sostener que hay muchos ciudadanos nativos que, a veces, también transgreden alguna que otra regla. En estas cuestiones es todo o nada.

Sin embargo, cuando se les dice a los futuros conversos que puede llevar dos años o más asimilar los conocimientos y el ambiente exigidos (que hasta los judíos de nacimiento deben cultivar durante años de educación judía., además de vivir en un ambiente judío desde el nacimiento), que se pretende que se familiaricen con el hebreo y que deben comprometerse a cumplir todas las leyes del judaísmo, sostienen, con frecuencia en medio de un coro de aprobación popular judía: "¿Por qué tenemos que satisfacer requisitos que tantos judíos no cumplen?".

Sería de poco provecho para un candidato a la ciudadanía británica recurrir a un argumento similar. La respuesta incontestable sería que cualquiera nacido de padres ingleses-sea bueno, malo o indiferente, sepa o no inglés, se atenga o no a la ley- es inglés. Hasta la ciudadanía de un criminal no se puede desconocer.

Pero si un extranjero quiere c onvertirse en inglés, todo esfuerzo puede y debe realizarse para asegurarse que será un ciudadano que respete la ley, una ventaja y no un riesgo. De la misma forma, los padres deben aceptar a un hijo natural sano o listado, honrado o delincuente. Pero al adoptar un hijo tienen la libertad de elegir y el derecho a tornar todas las precauciones razonables para asegurarse de que el niño será para ellos una fuente de orgullo y alegría.

Ciertamente, los argumentos en favor de precauciones similares para la admisión de personas a la fe judía no son menos convincentes. Entre estos principios generales, existe, por supuesto, un grado de variación. Dado que la valoración de la sinceridad de un candidato y la suficiencia de su preparación están sujetas al juicio humano, es seguro que exista un factor subjetivo en esta clase de juicio. Un rabino puede ser más crédulo; otro, más receloso en aceptar una declaración de sumisión al judaísmo.

Además, la propia ley es bastante flexible para permitir alguna variedad de interpretación, notablemente hasta el punto en que las reservas mentales desconocidas, en el momento del acto de conversión pueden variar. Las diversas condiciones locales, también pueden tener una importante relación con la decisión de admitir prosélitos. En Israel, por ejemplo, donde todos los conversos -al menos en gran medida- vivirán en un ambiente judío, aprenderán hebreo, mandarán a sus hijos a escuelas judías y respetarán el calendario judío y donde difícilmente exista la oportunidad de integrarse a una sociedad no-judía es, obviamente, mucho más fácil aceptar conversos (y más difícil rechazarlos) que en la diáspora donde no rigen estas condiciones.

A la luz de estas variables, la actitud frente a la conversión puede diferir un poco, aun entre los estrictos rabinatos ortodoxos. Naturalmente, las circunstancias que impulsan una solicitud serán siempre tomadas en cuenta. Una mujer que quiere convertirse en judía porque se enamoró de un judío, intentando cambiar su religión casi como quien cambia un pasaporte al casarse, encontrará mucha menos comprensión que los padres que desean convertir a un hijo adoptado no-judío porque no pudieron encontrar un niño judío.

Intentando que las condiciones sean tan liberales como permita la ley, se tendrá extrema compasión en caso de hijos no-judíos de matrimonios mixtos que, sin ser culpables, se criaron creyendo que eran judíos, asistiendo a los servicios de la sinagoga y a escuelas judías. Pero éstas constituyen claras excepciones. Como regla, se verá que cualquiera dispuesto a cambiar su religión no tenía una profunda lealtad religiosa antes del cambio ni tendrá una después de éste. Los que pueden, y son, admitidos al judaísmo resultan ser, en efecto, personas excepcionales.

Representan un microcosmos del propio pueblo judío, los pocos dentro de los muchos, individuos dotados de un alma profundamente religiosa con la capacidad de nadar contra la corriente y de rechazar la línea de menor resistencia y con inmensa fuerza sustentar una severa disciplina de vida.

Los verdaderos prosélitos cumplen los requisitos tan concisamente expresados por la más famosa de todos ellos, Rut la Moabíta que prometió: "Donde vayas, iré; y donde vivas, viviré" - compartiendo las desgracias como las fortunas del pueblo judío, la experiencia de la oscuridad por solidaridad con los judíos que sufren, así como las grandes alegrías de sus triunfos -: "Tu pueblo será mi pueblo" - identificádose con las aspiraciones nacionales judías e incorporándose a la estrecha unión de judíos quienesquiera que sean y dondequiera que estén -: "Y tu D's será mi D's" - sirviendo como testigo del compromiso religioso de los judíos -: "Donde mueras, moriré y allí me enterrarán" (Rut 1:16-17) - defendiendo las prácticas y creencias judías incluso hasta la tumba.

Cualquiera dispuesto a seguir el ejemplo de Rut de lealtad total será aceptado con los brazos abiertos a la fe judía pero en ausencia de semejantes candidatos, debemos enfrentarnos al desafío de convertir al judaísmo a futuros judíos que cumplan más que futuros judíos auténticos.

Extraído del libro " La identidad judía" del Dr. I.Jakoboviís, Rabino principal del Commorrwealth Británico.